martes, 9 de diciembre de 2008


Perro tenía hambre.
–¿Un paseo? –Le pregunté después de un rápido vistazo a nuestras escuetas provisiones.
Generalmente no salimos de día para algo tan simple pero pensamos que haría demasiado frío para esos cabrones cornúpetos. Además me aburría de jugar con la play. Y es que no hay nada mejor que hacer durante el día. No me quedan libros por leer y la biblioteca no es muy recomendable. La TV.. bueno, ya lo dije ¿no? Y al dormir nuestros muertos asaltan en pesadillas que impiden un auténtico descanso.
Ambos juzgamos que hacía un buen día así que no cogimos el coche. Y al tiempo ahorramos gasolina –si fuera del muro está cara no sabéis aquí–. El sol brillaba en la desolada avenida. Los humanos aún no se aventuraban a salir de día. Parecía la típica estampa del oeste americano: yo con mi fusil y mis pistolas, con mi abrigo marrón raído y Perro olisqueando a mi lado.
Nos separamos de la zona más poblada para ver que podíamos rapiñar en supermercado del barrio Delicias. Jamás pasees por ahí en verano, día o noche. No contentos con ello nos internamos en un gran almacén. Cruzamos el aparcamiento buscando algo aprovechable en los restos de los coches abandonados. Creo que un mecánico haría su Agosto en ese sitio. Enfilamos por las escaleras mecánicas que sorprendentemente nos saludaron con el rugir de sus motores para acceder al primer piso. Las tiendas nos recibieron abandonadas con las puertas abiertas pero nosotros enfilamos hacia el fondo del lugar, hacia el supermercado.
Perro estaba nervioso. Olisqueaba y se le erizaba el pelo.
–Recogemos comida y nos vamos, ¿vale? –Le intenté tranquilizar pero no pareció hacerme caso.
Llegamos a la zona de las cámaras y busqué un pastel para celebrar mi cumpleaños. ¿No lo había dicho? Era mi cumpleaños y no tenía una puñetera tarta con sus velitas. Perro se lanzó como una flecha hacia una bolsa de su comida pero en lugar de rasgarla y empezar a devorarla ahí mismo la trajo atrapada con sus dientes y la guardamos con el resto de provisiones.
Un ruido nos sobresaltó. Perro empezó a gruñir.
–¿Están aquí, verdad? –Pero ya sabía la respuesta.
Un rápido estudio de nuestra situación me obligó a decidir huir hacia el almacén. En busca de algún sitio donde pudiéramos defendernos mejor.
–Sígueme.
Entramos en el almacén buscando el sitio más frío, aquel donde los demonios no osaran acercarse. Atravesamos pasillos, flanqueamos un par de puertas y nos escondimos detrás de unos cajones de comida –turrón creo-.
–¿Nos siguen? –Pero Perro, obviamente, no me respondió.
Sin embargo dejó de gruñir y su atención se centraba en otro lugar, a nuestra izquierda. Pude ver que al fondo estaban las cámaras frigoríficas así que hacía allí nos fuimos. Cerca de la entrada el perro encontró a una mujer. Estaba viva y atemorizada.
Me acerqué con suavidad, con toda la delicadeza de la que pude hacer gala, hacia aquel residuo de ser humano.
–¿Qué haces aquí? –De acuerdo, muy suave no fue.
Ella me miró temblorosa, pero no vio nada. Permanecía ajena a nosotros.

Pero ahora me retiraré un poco a descansar y lamerme las heridas.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El principio del fin.2

¿Por donde iba? A, sí.
Aquel monstruo de pesadilla. El demonio dantesco creaba la destrucción a su antojo y yo permanecía pasmado junto al cadáver de mi compañero. No podía reaccionar. Apenas percibía nada de aquello. Sólo podía mirar la brecha de la cabeza de Javier. Pensándolo ahora con detenimiento supongo que el resto de sus huesos tampoco estarían muy bien que digamos. Pero mis ojos no se despegaban del hilo de sangre que escapaba de su cerebro para regar la acera. Era una sangre oscura, casi negra –aunque supongo que mis recuerdos pueden fallarme al respecto-, y había en ella algo cautivador y desasosegante al mismo tiempo. ¡Qué demonios! Aquel tío había volado para estrellarse contra la puta pared y reventar el cráneo en la caída más salvaje que he visto nunca.
El demonio continúo con su divertimento. Con una mano agarraba a los pobres que pillaba a su paso y, o bien los lanzaba por los aires contra algo, o les aplastaba alguna parte de su cuerpo, o simplemente les arrancaba la cabeza. Tal y como le viniera la inspiración, supongo.
Un sentimiento de rabia salvaje creció en mi interior y poco a poco fue arrasando mi petrificación. Exploté como un suicida disparando todo el cargador a aquel demonio. Cegado en mi rabia no puedo admitir que apuntara demasiado bien, pero era tan grande que aún así acerté todos y cada uno de mis disparos.
El sonido impertinente del cargador vació me devolvió a la cruda realidad. Estaba perdido. Era cadáver. Seguro que aquel alocado acto no le había hecho ninguna gracia.
El demonio me observaba quieto. Divertido diría yo. Pero sus ojos predecían mi siniestro futuro con una seguridad tal que en aquel momento manché lo poco que tenía limpio de mi ropa interior.
Dio un paso hacia a mí. Extendió sus alas y acercó su brazo izquierdo a mi cabeza.
Tuve suerte. Algo sucedió. Algo extraño le ocurrió. De sus heridas comenzó a manar… ¿sangre? Supongo que eso sería. O su homólogo negro y putrefacto. Cascadas de sangre sorprendieron al demonio que entre gritos incomprensibles se arrodilló debilitado para perecer a mi lado.
Más tarde comprendí que mi infierno particular había sucedido en toda la ciudad. Y que pese al caos estos seres acabaron muriendo de igual forma. Unos más pronto que otros pero las heridas pudieron con ellos.
Un compañero de la comisaría se aventuró a deducir que el frío del exterior había podido con ellos. Era lo más lógico dentro de toda aquella locura. Si se supone que durante siglos habían habitado en un solar junto a la hoguera más grande del mundo nuestra temperatura –aunque para nosotros era verano- tendría que hacerles mella de una forma u otra. Aunque con algunas reticencias esa fue al final la postura oficial adoptada.
Una postura que duró bien poco.
Aunque no de forma tan numerosa como en el primer ataque aquellos demonios volvieron esporádicamente. A veces en grupos de dos o tres. Otras decenas de ellos salían a pasear por nuestras calles a divertirse con sus nuevos juguetes.
Reinó la inseguridad. Las fuerzas del orden apenas bastaban para restablecer la paz. La gente vivía –y vive- atemorizada en sus casas. Las tiendas cerraron, los currantes no curraban. Casi todo se fue al traste.
Afortunadamente mi familia estuvo fuera –en el Pirineo, de fin de semana- y no llegaron a pasar los controles para volver a casa. Dejándome sólo.

lunes, 1 de diciembre de 2008

El principio del fin

Permitirme presentarme.

Escribo ahora que parece ser que las comunicaciones han sido reestablecidas.

Tras el ataque a la antena los pocos supervivientes de la ciudad pensabamos que el único contacto que tendríamos con el exterior se limitaría a las pocas horas de emisión de televisión que nos permiten recibir. ¡Adios a la televisión por cable!¿Quién necesita una TDT?

El ejército no permite más que contactos supervisados con el exterior por miedo al imaginario traspaso vírico que podamos ocasionar al mundo libre.

Cabrones. Como si todavía hubiera gente que se tragara la excusa de la epidemia.

Y si todavía hubiera alguien para eso estoy aquí.

Muchos sucesos han acontecido desde el principio de nuestro fin y hasta ahora nada ello ha sido documentado con visos de realidad. El gobierno los tergiversó a su antojo con la esperanza del controlar el pánico creciente en el pais. Supongo que el miedo era su mejor excusa y no les puedo culpar por ello. ¿Que quereis que os diga? La noticia de unos seres salidos del Infierno dando mamporros en nuestra ciudad no era muy facil de tragar.

Ahora todo está en calma. Ha llovido y hace un frío de narices. Demasiado frío para que salgan a la superficie a buscar su siguiente víctima.

Por eso aprovecho esta semana de relax para escribir estas líneas. Supongo que así conseguiré poner un poco de orden en mi vida. Darle un significado que en algún lugar del camino perdí.

Sólo soy un superviviente sin rumbo.

Todo comenzó hará un año y medio. Era una mañana soleada de sábado en la que parecía que todos habían sacado sus coches a pasear. El trafico estaba infernal. Los atascos se sucedían alentados por las obras que paralizaban media ciudad. ¿Qué que hacían trabajando un sábado por la mañana? Yo que sé. Supongo que el político de turno deseaba que todo estuviera acabado y en perfecto estado antes de la inauguración de la exposición internacional -que por cierto, se tenía que haber inagurado este año-.

La cuestión es que de una de esas obras se desató el caos. Según me comentaron después la cosa fué más o menos así: una cuadrilla de obreros realizaba una excavación en una de las avenidas del este. La excavadora cayó. Perdió el equilibrió por un pequeño temblor localizado en su zona o un corrimiento de tierra -la cosa no está muy clara-, atrapando en su caída al pobre operario.

Creo que sus compañeros bajaron a rescatarlo con urgencia pero entonces el suelo tembló -eso sí es seguro, se notó en toda la ciudad- y el pánico se adueñó de ellos. Ignorando los gritos de auxilio de su compañero salieron prestos del socavon para salvar sus vidas.

Instantes después una explosión expulsó al aire toneladas de tierra y rocas provocando no pocos heridos, y de ella surgieron varias... bolas de fuego. Como si meteoritos volaron por la ciudad atravesando calles y edificios, impactando como bombas en las calles. Una de ellas cayó a pocos metros de mí.

Mi compañero y yo disfrutabamos del día con vistas a un relajado fin de semana. El turno nocturno había sido duro pero ahora enfilabamos nuestro coche patrulla a cocheras para despedirnos de todo hasta el lunes. Hablabamos distendidamente sobre nuestro tema favorito, el sexo, mientras mentiamos descaradamente sobre nuestras escasas proezas en ese ámbito. Era divertido. Supongo que lo hecho de menos. Un agudo silbido distrajo nuestra atención al tráfico y al mirar al cielo vimos como una gran masa incandescente atravesaba el edificio de nuestra izquierda para arrasar con los coches aparcados unos cien metros delante nuestro. La onda expansiva del impacto rompió los cristales de toda la calle, quebrando los cristales de nuestro coche patrulla.

El primero en salir fue Javier. Se dirigió directo al punto de impacto ignorando a los transeutes mal heridos de la acera. Yo me distraje un poco observando el pandemonium que en pocos segundos se había creado. ¡Qué demonios! Me quedé paralizado ante el horror de la escena. Aquello parecía beirut en sus malos tiempos. Un ataque terrorista a gran escala.

Pero Javier no. Javier siguió avanzando hasta que podía sentir el calor que emanaba de la nueva fosa creada. Lo oí gritar: -¡Oiga! ¿Se encuentra bien?

El humo que envolvía la zona cero apenas dejaba verle pero de pronto observé que desenfundaba su pistola y apuntaba hacia el agujero. Corrí hacia él sin pensarmelo dos veces.

Una enorme figura salpicada en llamas aparecía carcajeandose poco a poco a traves de aquella cortina de humo. Después del aviso mi compañero le disparó a bocajarro. Pero aquello seguía avanzando. Vi a Javier temblar mientras vaciaba el cargador de su arma sobre aquel monstruo pero la gigantesca mano de aquel ser le agarró la cabeza -como si de una puta pelota de baloncesto se tratara- y lo lanzó a los aires. Supe que estaba muerto antes de verlo rebotar contra la fachada de aquel edificio.

Como de un efecto teatral se tratara el humo desapareció mostrando aquel ser en todas sus formas. Cuando eres policia te entrenan para hacer frente a diferentes tipos de amenazas, vagos, maleantes, etc... pero nada te puede preparar para actuar ante algo así. ¿Qué puedes hacer contra un ser de unos cuatro metros de alto que parece sacado de un comic de terror? Sus cuernos -aun los recuerdo fijos en mis pesadillas- aún envueltos en fuego. Sus ojos enloquecidos inyectados en sangre. Sus alas -porque sí, tenía y tienen alas- demoniacas se abrieron en todo su gótico esplendor en un acto de superioridad como si de un tarzan del Infierno se tratara.

En aquel caos los meteoritos infernales no pararon de surgir y destrozar la ciudad. Y de cada uno de ellos surgía uno de esos seres arrasando con cada vida que encontraba su paso.

Aquel fue el peor día de esta ciudad.