El principio del fin.2
¿Por donde iba? A, sí.
Aquel monstruo de pesadilla. El demonio dantesco creaba la destrucción a su antojo y yo permanecía pasmado junto al cadáver de mi compañero. No podía reaccionar. Apenas percibía nada de aquello. Sólo podía mirar la brecha de la cabeza de Javier. Pensándolo ahora con detenimiento supongo que el resto de sus huesos tampoco estarían muy bien que digamos. Pero mis ojos no se despegaban del hilo de sangre que escapaba de su cerebro para regar la acera. Era una sangre oscura, casi negra –aunque supongo que mis recuerdos pueden fallarme al respecto-, y había en ella algo cautivador y desasosegante al mismo tiempo. ¡Qué demonios! Aquel tío había volado para estrellarse contra la puta pared y reventar el cráneo en la caída más salvaje que he visto nunca.
El demonio continúo con su divertimento. Con una mano agarraba a los pobres que pillaba a su paso y, o bien los lanzaba por los aires contra algo, o les aplastaba alguna parte de su cuerpo, o simplemente les arrancaba la cabeza. Tal y como le viniera la inspiración, supongo.
Un sentimiento de rabia salvaje creció en mi interior y poco a poco fue arrasando mi petrificación. Exploté como un suicida disparando todo el cargador a aquel demonio. Cegado en mi rabia no puedo admitir que apuntara demasiado bien, pero era tan grande que aún así acerté todos y cada uno de mis disparos.
El sonido impertinente del cargador vació me devolvió a la cruda realidad. Estaba perdido. Era cadáver. Seguro que aquel alocado acto no le había hecho ninguna gracia.
El demonio me observaba quieto. Divertido diría yo. Pero sus ojos predecían mi siniestro futuro con una seguridad tal que en aquel momento manché lo poco que tenía limpio de mi ropa interior.
Dio un paso hacia a mí. Extendió sus alas y acercó su brazo izquierdo a mi cabeza.
Tuve suerte. Algo sucedió. Algo extraño le ocurrió. De sus heridas comenzó a manar… ¿sangre? Supongo que eso sería. O su homólogo negro y putrefacto. Cascadas de sangre sorprendieron al demonio que entre gritos incomprensibles se arrodilló debilitado para perecer a mi lado.
Más tarde comprendí que mi infierno particular había sucedido en toda la ciudad. Y que pese al caos estos seres acabaron muriendo de igual forma. Unos más pronto que otros pero las heridas pudieron con ellos.
Un compañero de la comisaría se aventuró a deducir que el frío del exterior había podido con ellos. Era lo más lógico dentro de toda aquella locura. Si se supone que durante siglos habían habitado en un solar junto a la hoguera más grande del mundo nuestra temperatura –aunque para nosotros era verano- tendría que hacerles mella de una forma u otra. Aunque con algunas reticencias esa fue al final la postura oficial adoptada.
Una postura que duró bien poco.
Aunque no de forma tan numerosa como en el primer ataque aquellos demonios volvieron esporádicamente. A veces en grupos de dos o tres. Otras decenas de ellos salían a pasear por nuestras calles a divertirse con sus nuevos juguetes.
Reinó la inseguridad. Las fuerzas del orden apenas bastaban para restablecer la paz. La gente vivía –y vive- atemorizada en sus casas. Las tiendas cerraron, los currantes no curraban. Casi todo se fue al traste.
Afortunadamente mi familia estuvo fuera –en el Pirineo, de fin de semana- y no llegaron a pasar los controles para volver a casa. Dejándome sólo.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
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